Lo importante es lo que no se ve

Guía espiritual para tiempos desesperados

Guía espiritual para tiempos desesperados por BillQuick

Capítulo 8

Inmutabilidad

Dice Nisargadatta Maharaj que las palabras son valiosas porque, entre la palabra y su significado, hay una conexión. Y si uno investiga una palabra, medita sobre ella, la pondera cuidadosamente, le da vueltas, la mira desde todos los ángulos, soporta todas las demoras y contrariedades, llega un momento en que la mente se da la vuelta, se aleja de la palabra y, se dirige al significado que es anterior y está más allá, de ella.

Es ese esfuerzo de cruzar, de lo verbal, a lo no-verbal, lo que llamamos meditación. Meditación es el intento persistente de remontarnos a la fuente de donde surgen las palabras, a ese territorio desconocido e invisible que es la matriz de lo conocido y lo visible. Al principio, añade Nisargadatta, la tarea parece desesperada, pero llega un momento en el que, de pronto, todo se vuelve claro, simple y maravillosamente fácil.

En este capítulo vamos a experimentar con este criterio para tratar de llegar tan lejos como podamos en la comprensión de una palabra que, seguramente, nunca nos hemos parado a considerar en detalle.

Esta palabra es: “Inmutable”. Pero, antes de comenzar, vamos a examinar primero la palabra “mutable”, la cual es  antónimo y a la vez raíz, de la palabra “inmutable”.

“Mutable” quiere decir alteración biológica de carácter hereditario en el fenotipo de un ser vivo y, por lo tanto, está relacionada con otras palabras como “variable”, “inconstante”, “mudable”, “cambiante”, etc.

“In-mutable”, por otra parte, es justo lo contrario: aquello que permanece estable, en perfecto equilibrio, eso que no nace, ni envejece ni muere. Que no es afectado por ningún tipo de condición, favorable o desfavorable. Que no se mueve, que no cambia, que no se altera y que, sin embargo, es.

La definición está bastante clara. Lo que no queda claro es qué conocemos nosotros que se ajuste a ella.

Nuestro universo está caracterizado por objetos y seres cambiantes que se ubican en el espacio/tiempo. Y, todo lo que aparece en el espacio/tiempo, está en proceso de transformación, en su escala  correspondiente. De modo que, en nuestro mundo, no existe nada que podamos llamar “inmutable”. O, así pareciera a primera vista.

Pero, pensemos por un momento – ¿Acaso no es el mismo cambio, inmutable?

El cambio es la única constante, dijo el Buda. Y estaba en lo cierto. Aunque parezca paradójico, lo único que no cambia es el mismo cambio. No deja de moverse nunca y, por lo tanto, es estable en su movimiento. Está perpetuamente generando formas y seres en el espacio/tiempo, reabsorbiéndolos y, generando otros nuevos en un proceso que no tiene, ni principio, ni fin.

Pero, a pesar de generar incontables formas, el cambio mismo no tiene forma. Causa movimiento pero, no se mueve. Se ven sus efectos, pero el cambio mismo, la fuerza misteriosa que lo propicia, su esencia íntima, no es visible, no está en nuestro mundo. Es como el ojo del huracán: Permanece estable mientras que todo lo demás gira vertiginosamente a su alrededor.

Lo inmutable es intangible, invisible, indescriptible. Nos podemos acercar a ello por medio de la deducción y la inferencia, más no podemos saber lo que es, a menos que salgamos del territorio de lo mutable y nos convirtamos en la Inmutabilidad misma. Mientras creamos ser una persona de carne y hueso, viviendo y sufriendo en un mundo cambiante, esa será nuestra realidad. Seguiremos girando en el mismo círculo. Sólo un salto cuántico nos puede sacar de esa órbita.

Cuando ese salto cuántico llega a producirse (y solo una intensidad máxima sostenida puede precipitarlo), dejamos de existir tal como nos conocemos. Dejamos de identificarnos con un mundo de separación, formas y nombres y, nos reabsorbemos en el dominio invisible de la Inmutabilidad o, Espíritu, donde no hay individualidades ni movimiento de ninguna clase. Desde esa perspectiva de auto-existencia, auto-suficiencia, Amor y Bienaventuranza, el mundo es solo un espectáculo centelleante y vacío. Un espejismo.

Ahora bien, este salto cuántico, que representa el despertar del Espíritu, su des-materialización, tiene un precio ineludible: Hay que estar dispuesto a morir.

No morir físicamente o, suicidarse, sino lo que es más difícil, morir al mundo, abandonar los apegos que nos mantienen atados, soltar lastre para emprender el vuelo. Y recordemos que el apego más grande de todos es el apego a nuestro propio cuerpo. Nacer al Espíritu, por otra parte, es re-descubrir ese silencio que canta, ese vacío que rebosa Dicha y Bienaventuranza que es anterior y está más allá del cuerpo. En otras palabras, volver a la Unidad, al Ámbito Sagrado de la Existencia.

Para descubrirlo, hay que traspasar la frontera que separa lo verbal de lo no-verbal. Y eso, a su vez, requiere de un anhelo irresistible, una intensidad máxima sostenida, una sed abrasadora, que precipite el ya mencionado salto  cuántico.

Un salto cuántico ocurre cuando un electrón salta inexplicablemente de su órbita y se instala en otra que no tiene punto de contacto con la primera.

Y así como la polilla vuela alrededor de la llama hasta quemarse en ella, el amante de la Verdad quema sus apegos en el fuego divino del amor a lo Supremo y, se hace uno con ello. Y cuando esa fusión intemporal ocurre, la “persona” que quería conocer el significado de la palabra “inmutable”, desaparece y, se funde en la Inmutabilidad misma, que no es otra cosa que la fuerza invisible y todopoderosa que llamamos Dios, Alá, Buda, Parabrahmán, etc.

Esto no quiere decir que el cuerpo físico vaya a desmaterializarse por arte de magia delante de nuestros propios ojos. Lo que se deshace es la identificación del Espíritu con el cuerpo. El cuerpo permanece temporalmente, hasta que se cumpla su destino, pero la convicción de ser un cuerpo desaparece y, el Espíritu toma conciencia de sí mismo como Totalidad Ilimitada.

Otra forma de abordar la palabra “inmutable” es visualizando la imagen de una balanza sencilla. Pensemos en una varilla de metal de, digamos 30 cms, que descansa sobre un pivote central. En cada lado de la varilla tenemos un peso que, según su ubicación, hace que la varilla se incline en una dirección o en la otra. Mientras los pesos no sean equilibrados, habrá movimiento. En cambio, cuando se coloquen ambos en el centro, si son iguales, estabilizarán la varilla y esta dejará de moverse.

La energía, en movimiento, es el mundo, mientras que esa misma energía, en reposo, es lo que llamamos Dios. Los que parecen nacer, cambiar y morir son los objetos, pero la energía permanece constante. Es como un río poderoso, dice Maharaj, fluye y sin embargo está ahí eternamente. Lo que fluye no es el río con su lecho y riberas, sino sus aguas. Esto quiere decir que el mundo que percibimos, incluyendo la persona que creemos ser, no tiene permanencia y, puede ser considerada como una ilusión. El aspecto cambiante de Aquello que no cambia jamás. La sombra inseparable del Espíritu.

Inmutabilidad, entonces, es equilibrio perfecto, uno de los atributos de Dios. Y donde hay equilibrio no hay movimiento de ninguna clase, no hay perturbación, no hay pensamiento y, por lo tanto, no hay mundo, porque “mundo” y “perturbación” ¡son lo mismo!

Fuente: http://maestroviejo.wordpress.com/2013/02/25/guia-espiritual-para-tiempos-desesperados-por-billquick-8/


Guía espiritual para tiempos desesperados por BillQuick

Capítulo 15

La Experiencia del Iluminado 

Seguramente el lector sentirá cierta curiosidad por saber cómo es la vida de un Iluminado y, en qué modo difiere de la suya propia. Si llegar a la Iluminación resulta un empeño tan exigente como hemos descrito – ¿Es que vale la pena? ¿No sería mejor conformarse y aceptar las cosas tal como parecen ser?

La respuesta a esta pregunta es un asunto puramente individual. Sólo uno mismo puede determinar si todavía está dispuesto a creer en las vanas promesas de la vida material o si, habiendo tomado consciencia de su falsedad, no le queda otro anhelo que volar hacia el infinito en las alas de la Libertad.

Decía Maharaj que uno puede morir cien veces sin una interrupción en el barullo mental. O, conservar el cuerpo y, morir sólo en la mente. Y remataba: “La muerte de la mente es el nacimiento de la Sabiduría”.

Con esto quería decir que no es la muerte física la que pone fin a la tortura del pensamiento automático, sino la Iluminación. La Iluminación es la muerte de la mente, o sea, del sentido de ser una “persona”.

El “ser soñado”, o “persona”, teme a la muerte, porque ésta representa el fin de sus apegos, adicciones y dependencias. Siempre está buscando cómo sobrevivir, cómo sacar ventaja, cómo protegerse; se esconde detrás de una coraza de auto-defensa. El buscador de la Verdad, por el contrario, busca morir a todo apego mediante el trabajo de des-condicionamiento y las diferentes formas de “oxigenar” la mente que ya hemos mencionado. Y, el Sabio Iluminado, es el que  ha trascendido el aspecto personal del Ser y se ha liberado de todos sus apegos e impedimentos. No se le puede considerar una “persona”.

Pero escuchemos las palabras de Maharaj, que es quien, en todo caso, puede darnos testimonio directo desde esa Realidad:

“No soy una persona en el sentido que usted le da a la palabra; aunque a usted le parezca una persona, soy el Océano Infinito de la Conciencia en el que todo ocurre. Estoy más allá de toda existencia y cognición, soy pura Bienaventuranza del Ser. No hay nada de lo que me sienta separado, por consiguiente soy todo, nada es yo, yo soy nada. El mismo poder que hace que el fuego arda y el agua fluya, que las semillas germinen y el árbol crezca, me hace responder las preguntas de usted. No hay nada personal en mí, aunque el lenguaje y el estilo puedan parecer personales. Una persona es un conjunto de pautas de pensamiento y deseo y, de las acciones resultantes; en mi caso no hay tal pauta. No hay nada que desee o tema ¿Cómo podría considerárseme una persona?”*

El Iluminado carece de miedo, lo cual no quiere decir que actúe de manera temeraria o irreflexiva. Más bien quiere decir que, al ver las cosas sin la distorsión del temor o el apego, las ve tal como son y, hace lo correcto sin dejarse confundir por las emociones y los condicionamientos.

“No tengo miedo porque no soy nada que pueda experimentar miedo o pueda estar en peligro. No tengo forma ni nombre. El apego a la forma y el nombre es lo que teje el miedo. No tengo apegos, soy Nada, y la Nada no tiene miedo a nada. Por el contrario, todo le tiene miedo a la Nada, porque, cuando una cosa toca la Nada, se convierte en Nada. Es como un pozo sin fondo, cualquier cosa que cae allí, desaparece”.*

El miedo y, la consciencia de ser un individuo separado (ego o persona), son una y la misma cosa. La Unidad (léase Dios, lo Supremo, etc.) no puede experimentar miedo porque no está separada, es completa en sí misma, no existe nada que pueda amenazarla.

Al igual que la luz pura, al atravesar un prisma, se descompone en colores sin dejar de ser luz; la Unidad, al atravesar el prisma de la ´sensación de ser´, se descompone en multiplicidad, sin dejar de ser la Unidad. Al identificarse con cada una de estas aparentes individualidades, que son meramente reflejos de sí misma, asume las limitaciones de cada una de ellas, incluyendo el miedo a la muerte. Pero la Unidad o, Iluminación, no es la aniquilación, dice el Iluminado, sino “Un estado más Real, Consciente y Feliz de lo que se pueda pensar.  Sólo que ya no hay conciencia de ser un individuo”.

Pero sigamos escuchando a Maharaj:

“Mi mundo no está lleno de personas y cosas, sino que está lleno de mí mismo. Parece que oigo, hablo y actúo, pero para mí todo eso simplemente sucede, como para usted sucede la digestión o la transpiración. El cuerpo/mente se encarga de ello, dejándome a mí fuera. Así como usted no necesita preocuparse por que le crezca el pelo, yo no necesito preocuparme por la palabras y las acciones. Simplemente ocurren y me dejan indiferente, pues en mi mundo no hay nada que pueda marchar mal.” *

Estas citas nos dan una idea aproximada de lo que significa la Iluminación, aunque es bueno aclarar que el término “Iluminado” es un contrasentido porque, cuando la Iluminación tiene lugar, la identificación personal desaparece. No hay “nadie” que se “ilumine”.

“Un Iluminado dispone de un modo espontáneo de percepción no-sensorial, que le hace conocer las cosas directamente, sin el intermedio de los sentidos. Él está más allá de lo perceptible y lo conceptual, más allá de las categorías de tiempo y espacio, de nombre y forma. Él no es ni lo percibido ni el percibidor, sino el factor simple y universal que hace posible el percibir”.*

“Una vez que ve que no hay nada en este mundo que pueda tener por propio, usted mira el mundo desde fuera como mira una obra en un escenario o, una película en la pantalla, admirando y gozando, pero realmente impasible. Mientras usted imagine ser algo tangible y sólido, una cosa entre otras cosas, realmente existiendo en tiempo y espacio, vulnerable y breve, naturalmente estará ansioso por sobrevivir y crecer. Pero cuando se conoce a sí mismo como algo más allá del tiempo y del espacio – en contacto con ellos sólo en el punto del aquí y ahora; por otro lado todo-penetrante y todo-abarcante, inaccesible, inalcanzable, invulnerable, entonces ya no tendrá miedo. Conózcase a sí mismo como es – no hay otro remedio contra el temor”.*

Llegados a este punto, haremos una reflexión final: La ciencia nos dice que el universo se originó mediante una gran explosión o “big bang” que ocurrió hace miles de millones de años. Esta es una apreciación basada en el tiempo. De haber hablado sobre el asunto, yo intuyo que Maharaj lo hubiera hecho desde la intemporalidad, haciéndonos ver que el “big bang” está ocurriendo en este mismo instante. ¿Qué más “big bang” que la explosión incalculable de nuevos seres que están naciendo ahora mismo en los tres reinos – mineral, vegetal y animal? ¿Qué más “big bang” que lo Desconocido irrumpiendo en la esfera de lo conocido a través del vientre de una madre? ¿Qué más “big bang” que el espacio infinito expandiéndose continuamente más… y más…y más?

El “big bang” es el momento de la Creación. Ocurre aquí y ahora, o sea, en todas partes en todo momento, dando lugar a la dualidad, al tiempo y al espacio. Es una fuerza centrífuga; es decir, dirigida hacia fuera, desde la Unidad, hacia la variedad y la multiplicidad. Un potencial latente invisible que se desborda en lo visible, generando la infinitud de seres, formas y mundos temporales que conocemos.

Cuando “alguien” se “Ilumina”, la energía comprometida en su mundo se recoge sobre sí misma, reabsorbiéndose en esa Conciencia Pura, Auto-existente, Auto-radiante, Bienaventurada, Inmutable, Amorosa e Indescriptible que llamamos Dios. Es el retorno del hijo pródigo a su verdadero hogar: el Ámbito Sagrado de la Existencia.

“Cuando muere un Iluminado, él deja de existir en el mismo sentido que un río deja de existir cuando entra en el océano; el nombre y la forma ya no existen, pero el agua permanece y se hace una con el mar. Cuando un Iluminado se une a la mente universal, toda su bondad y sabiduría se convierten en la herencia de la humanidad y elevan a todo ser humano”.*

Fuente: http://maestroviejo.wordpress.com/2013/02/18/guia-espiritual-para-tiempos-desesperados-por-billquick-7/


Guía espiritual para tiempos desesperados por BillQuick

Capítulo 14

El Gran Soñador

Vamos a comenzar este capítulo haciendo una aclaratoria respecto a la capitalización de ciertas palabras que normalmente se escriben con minúscula.

Siempre que capitalizamos palabras como “Real”, “Verdad”, “Supremo”, “Espíritu”, “Amor” etc., es para señalizar su significado trascendental, en contraste con el significado más mundano que se les atribuye cuando se escriben con minúscula.

Cuando utilizamos las palabras: Verdadero (con mayúscula) o, Real (también con mayúscula), estamos apuntando a esa fuerza todo-abarcante y todo-poderosa que mencionamos en el capítulo anterior. El Poder Supremo del que todas las cosas emanan.

Cuando utilizamos las mismas palabras (verdadero, real), con minúscula, estamos refiriéndonos a la realidad comúnmente aceptada: la gente, los animales, el paisaje, los distintos objetos, situaciones, circunstancias, etc. que están sujetas a la existencia de ese Poder Supremo, sin que ese Poder Supremo dependa para nada de ellas.

Desde la perspectiva de ese Poder Supremo, todas las cosas son ilusorias. Es decir efímeras, transitorias. Chispazos fugaces en la inmensidad de la Eternidad.

Manteniendo esto en mente, pasemos ahora a desarrollar el siguiente argumento:

Si bien nosotros nos consideramos “reales”, hay un aspecto de nuestras vidas que consideramos “ilusorio”, y se trata de nuestros sueños. Pasamos un tercio de nuestras vidas durmiendo y, en ese lapso de tiempo tenemos innumerables sueños. Estos sueños no son más que ecos desordenados de nuestro estado de vigilia pero, mientras duran, se experimentan como “reales”; aunque, debido a su corta duración y variedad, sabemos que no son lo que llamamos “realidad”. Si todas las noches nuestro sueño mantuviera continuidad y coherencia con el del día anterior, no podríamos saber la diferencia entre estar despiertos y estar soñando. Ni entre “ilusión” y “realidad”.

Pero como no es así, estamos razonablemente seguros de que nosotros somos “reales” y nuestros sueños “ilusorios”. Es decir, son transitorios, pasajeros y breves, en comparación con nosotros que nos consideramos “sólidos” y “permanentes”.

Podemos, entonces, asimilar eso que llamamos Dios o lo Supremo, a la idea de un Gran Soñador. Y que las cosas, seres y mundos, son proyecciones de ese Gran Soñador, de igual manera que nuestros sueños son una proyección de nosotros mismos.

Ahora imaginemos que estamos soñando. En nuestro sueño estamos encerrados en una habitación blindada sin puertas ni ventanas. Hemos examinado las paredes, palmo a palmo, en busca de una posibilidad de escape, sin encontrar ninguna. El oxígeno comienza a escasear. Empezamos a sudar frío. El corazón nos late violentamente mientras buscamos, desesperados, una salida. La muerte es inminente y, cuando está a punto de suceder… ¡Nos despertamos!

Abrimos los ojos y comprobamos que no estamos encerrados, sino acostados en nuestra cama como todas las noches. ¡Era una pesadilla! Sí, una pesadilla, pero ¡Parecía tan real!

La desesperación, la falta de aire, las paredes blindadas, los latidos de nuestro corazón, absolutamente todo, parecía tan real como la vida misma. Tan real como la vida misma. Y no fue necesario que nadie nos rescatara; no tuvieron que intervenir los comandos de élite, lo único que sucedió fue que la intensidad del miedo nos hizo recobrar nuestro estado de lucidez. La solución a nuestro dilema era sencilla. No hacía falta sufrir tanto. Tampoco era necesario que la pesadilla se dulcificara. Lo único que hacía falta era abrir los ojos. Pero eso es algo que sólo se puede hacer si uno se da cuenta de que está soñando. De lo contrario, queda atrapado en el sueño.

En nuestro ejemplo hay, por una parte, un soñador, o sea, una persona que sueña, que consideraremos “real” y, un ser soñado, que consideraremos “ilusorio”. En el sueño, el ser ilusorio o “soñado” se percibe a sí mismo como “real”. Si apareciera otro personaje en el sueño y, cuestionara la realidad del personaje “soñado”, este reaccionaría con incredulidad: “¿Cómo me va a decir que soy un sueño, si yo siento la desesperación y la angustia de estar aquí encerrado?”

El ser soñado es imaginario, pero se cree “real”. Ahora démosle a Maharaj el beneficio de la duda y, aceptemos – hipotéticamente – que nosotros somos seres soñados y no “reales”. Nosotros sentimos nuestra “realidad”, pero estamos siendo soñados, nos dice Maharaj. Al igual que al ser soñado del ejemplo, nos parece absurdo que nos digan esto. ¿Cómo puede mi vida ser un sueño? ¡No tiene sentido!

Pero, tengamos la amplitud de suponer que esto sea así – ¿Podría el ser soñado despertar? De ninguna manera, porque si no es real, si es un ente soñado, si no existe – ¿Cómo va a despertar? Entonces – ¿Quién es el que despierta? ¡El único que puede despertar es el soñador! Y ahora la pregunta es – ¿Quién es el soñador? ¿Quién está soñando que es un personaje llamado tal o cuál?

Y, la respuesta es: ¡Yo soy el Soñador! ¡No soy fulano, ni sutano! Soy Eso (lo Real), soñando que soy un individuo con nombre y forma particulares. No estoy atado a ese personaje ¡Soy el Gran Soñador; el Océano Infinito de la Conciencia en el que todos los seres aparecen y desaparecen!

La Iluminación consiste en el despertar del Soñador. El Gran Soñador tomando conciencia de sí mismo. La “persona” que usted cree ser, los problemas que cree tener, el mundo inhóspito en que vive, son parte del sueño del Gran Soñador. Cuando el Gran Soñador despierta, “usted” y sus “problemas”, desaparecen para siempre. Y sólo queda la Conciencia auto-existente y auto-refulgente que llamamos Dios y, Eso, es lo que usted es.

Ese es el Gran Descubrimiento.

Pero se equivoca el lector/a si cree que por haber entendido este argumento ya está Iluminado/a. Una cosa es creerse rey de Inglaterra y, otra muy distinta ser rey de Inglaterra. Si hemos examinado en detalle lo expuesto en este libro, hasta estar plenamente convencidos de su veracidad, hemos dado un paso tremendamente significativo. Ahora vemos las cosas como son y, no como nos han dicho que eran. Nos hemos quitado la venda de los ojos.

Ya no podemos seguir culpando al mundo de nuestras miserias. El problema no es el mundo – ¡Somos nosotros!

Ahora tenemos que comenzar a actuar desde esta nueva perspectiva desmontando, paso a paso, la identificación con la estructura sicosomática que nos impide el disfrute de nuestra verdadera naturaleza.

Aunque tengamos una nueva visión, eso no quiere decir que hayamos desmontado los pesados condicionamientos que aun llevamos a cuestas. Estos han sido reforzados por tantas repeticiones a lo largo del tiempo, que podríamos decir que se han petrificado. Nos tienen cautivos dentro de una armadura de piedra. Disolver esa estructura no es cuestión de dos días, aunque puede suceder de forma espontánea. Para la gran mayoría de los mortales es un trabajo a largo plazo, en el cual juegan un papel preponderante la paciencia, la seriedad y la perseverancia. Si lo hacemos sin ansiedad por los resultados llegará el día en que, sin darnos cuenta,  se abrirá la puerta del lado izquierdo y descubriremos ¡por fin! lo que nunca ha estado ausente: ¡El Ámbito Sagrado de la Existencia!

En el Bhavagad Gita, Krishna afirma: “De cada mil, uno me busca y, de cada mil que me buscan, uno me encuentra”. Jesús, por su parte, nos advierte: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Maharaj dice: “La urgencia de encontrarse a sí mismo debe ser como la del sediento que no encuentra agua, como la del pez sacado del agua por volver a ella”.

Cito estas palabras, no para desanimar al lector, sino para evitar que se tome la Iluminación a la ligera.

La Iluminación, Despertar o, Liberación, es la naturaleza intrínseca de todo ser vivo, lo cual no quiere decir que ese potencial se actualice de manera colectiva, ni tampoco que sea un hecho ligero ni casual. El Florecimiento Espiritual del hombre es la razón de ser del universo y, requiere, como ya dijimos, de una entrega total, una intensidad máxima sostenida, un salto cuántico.

Pero no se trata de una empresa imposible. Es el destino eventual de cada uno de nosotros.

Y para darnos ánimo, escuchemos las siguientes palabras de Maharaj:

“Continúe diciéndose a sí mismo: No, no es así, no puede ser así, yo no soy así, no lo necesito, no lo quiero…y llegará, sin duda, un día cuando toda la estructura del error y la desesperación se derrumbará y los cimientos quedarán libres para una nueva vida”.*

Nada impedirá su despertar, aunque pueda llevar algún tiempo. Cuando empiece a cuestionar su sueño, el despertar no estará lejos…”*

“La diferencia entre yo y los demás está sólo en la mente y es temporal. Yo era como usted, usted será como yo”.*

* “Yo Soy Eso”. Nisargadatta Maharaj. Editorial Sirio

Fuente: http://maestroviejo.wordpress.com/2013/02/11/guia-espiritual-para-tiempos-desesperados-por-billquick-6/


Guía espiritual para tiempos desesperados por BillQuick

Capítulo 12

Las trampas del pensamiento automático

El pensamiento automático, a pesar de su aparente intrascendencia y superficialidad, es un artista consumado en el arte de distraer, confundir, engañar y controlar al individuo, sin que éste tenga la menor idea de hasta qué punto está siendo gobernado y manipulado.

A primera vista, el pensamiento automático parece más bien una actividad inofensiva, una fábrica de  fantasías e ilusiones sin mayor trascendencia, como una telenovela. Y en eso mismo radica su peligrosidad. No nos damos cuenta de que tenemos al enemigo en casa.

¿Se ha preguntado el lector/a alguna vez para qué sirve el pensamiento automático?

Piénselo un poco.

El pensamiento automático es, en pocas palabras, un vulgar “bote de humo”, o sea, una maniobra distractora de la mente para evitar que descubramos nuestra naturaleza espiritual.

Y, podríamos preguntarnos, ¿Qué interés puede tener la mente en impedirnos despertar a nuestra verdadera naturaleza?

La respuesta es que la realización de nuestra naturaleza espiritual representa el fin del dominio del pensamiento. El pensamiento automático tiene invadida la casa del Espíritu y, si éste despierta, reclamará lo que es suyo, dejando al primero sin hogar. Por eso es que el pensamiento automático es tan tenaz. Se está jugando la vida.

En cuanto percibe o, sospecha, que tenemos la intención de zafarnos de él, recurre inmediatamente a su arsenal defensivo, de la misma manera que un tirano recurre al ejército para evitar un derrocamiento. Sin importarle el costo en sufrimiento, en destrucción o en ruina, él está dispuesto a hacer lo que sea con tal de mantenerse en el poder.

Por eso, si realmente vemos el peligro que el pensamiento automático representa para nuestra libertad, haremos bien en estudiar muy a fondo cómo funciona, cuáles son sus armas, sus estrategias. Solo si nos armamos con ese conocimiento, tendremos oportunidad de librarnos de su despótica influencia.

Nadie puede hacer este trabajo por nosotros. Estamos obligados a hacerlo nosotros mismos. Sin embargo, las siguientes reflexiones pudieran sernos útiles como punto de partida.

En primer lugar, veamos las similitudes entre la sociedad y la mente.

Dijimos en un capítulo anterior, que la persona por la cual nos tomamos, es una mezcla de factores hereditarios y condicionamientos impuestos. Este condicionamiento no somos nosotros. Nosotros somos el Espíritu, lo que es, antes de que el condicionamiento nos sea impuesto pero, como nos hemos identificado con un cuerpo/mente, actuamos como si fuéramos una persona de carne y hueso.

Esa persona es condicionada y educada por la sociedad para ser un engranaje en una máquina, un ladrillo en una pared. La sociedad necesita individuos dóciles, sumisos y obedientes que no pongan en peligro su estabilidad. Por eso debe procurar mantenerlos ocupados en actividades que absorban toda su energía, de manera que no tengan oportunidad de cuestionar si sus intereses como individuo coinciden o difieren de los de la sociedad.

Para ello dispone de mecanismos tales como el trabajo, el sexo, la televisión, los deportes, el espectáculo, la religión organizada, etc. que ayudan a mantener al individuo a raya.

Si acaso el individuo se da cuenta de que  estas actividades están siendo utilizadas con la intención de dominarlo y, expresa disconformidad, la sociedad inmediatamente lo etiqueta como “reaccionario” y lo desacredita, lo aísla, si es que no lo elimina de una vez por todas.

La mente funciona de una manera bastante similar: Dispone del pensamiento automático para mantener al individuo ocupado y entretenido. Es el equivalente de la televisión, el deporte, el sexo y el espectáculo.

Pero si el individuo no se siente satisfecho con esa dieta y empieza a investigar si acaso existe una vida más satisfactoria; el pensamiento automático se siente amenazado y empieza a maniobrar de una manera más siniestra para tratar de disuadirlo.

Como el pensamiento reflexivo está en estado incipiente, todavía inseguro de sí mismo, el automático aprovecha para recurrir a una de sus armas favoritas: la duda. Le dice: “¿Ves? Estás confundido. Ese camino te va a llevar a la ruina. Si fuera bueno todo el mundo andaría por ahí. Devuélvete antes que sea demasiado tarde”.

O, “La espiritualidad es un cuento chino, ¿Cómo vas a creer en algo que no se puede ver y que no se puede tocar? ¿Estás loco? ¡Podrías estar ganando un montón de dinero y disfrutando de la vida!”

Y así por el estilo. El pensamiento automático es un verdadero diablo cuando se trata de manipular, confundir y, sembrar angustia y zozobra.

Por ejemplo: Lo convence a usted  de que dejó una hornilla abierta en la cocina y, que su casa corre peligro de volar por los aires. Pero resulta que usted está en la autopista camino de una cita importante y no  puede devolverse. Así que la preocupación se apodera de usted y lo hace visualizar innumerables escenarios: la casa explota cuando su hijo llega del colegio, el edificio se incendia y mueren los vecinos, se descubre que usted es el culpable y lo meten en la cárcel.

Mientras usted está ocupado pensando en todo esto, se va poniendo cada vez más nervioso, llega tarde a su cita y echa a perder el negocio. Su jefe lo llama para preguntarle cómo le fue y usted le contesta con una grosería. Luego empieza a preocuparse por lo que pasará cuando llegue a la oficina. ¿Me irán a despedir? ¿No será bueno llevarle al jefe uno de esos habanos que tanto le gustan, como gesto de paz?

Después ve un camión de bomberos y su corazón da un salto. ¿Será que se incendió el edificio de verdad verdad?

Y así se le pasa el día, derrochando su energía de angustia en angustia, de preocupación en preocupación.

La única posibilidad de salir de ese laberinto es tomando conciencia de lo que realmente está pasando. O sea, que usted se está dejando manipular por el pensamiento. Una vez establecido ese primer punto, puede hacer uso del pensamiento reflexivo como herramienta para acabar con ello. Podría repetirse frases como: “Yo no soy el cuerpo ni sus pensamientos, nunca he nacido y nunca moriré”, colocar su atención en el “sonido silencioso” o, en alguna de las otras posibilidades que ya hemos mencionado anteriormente.

El caso es que cada uno de nosotros se pasa horas cada día enredándose en las telarañas de la mente. ¿Qué ganamos con ello?

Absolutamente nada. El que gana es el tirano del pensamiento automático, que nos mantiene subyugados, incapaces de tomar las riendas de nuestra propia vida.

La culpabilidad, la preocupación, la duda, la comparación, la envidia, los celos, el miedo, el deseo, etc., tienen su razón de ser y su momento oportuno en la vida. El problema surge cuando se apoderan del escenario y se convierten en los factores que regulan nuestras vidas, impidiéndonos tomar conciencia de nuestra verdadera naturaleza.

El pensamiento automático tiene miles  de estrategias para enredarnos en su red y, tenemos que estar bien despiertos para no seguir cayendo en ellas. Consideremos un último ejemplo.

Muchos practicantes de meditación dicen que llega un momento en su práctica que se quedan “sin pensamientos” o “con la mente en blanco”. Yo cuestiono esa supuesta capacidad, y lo hago desde mis casi 40 años de experiencia. Lo que sucede, desde mi perspectiva, es que el meditador reduce su respiración y, en consecuencia, su actividad metabólica y, el consumo de oxígeno. Estas alteraciones obedecen a su inamovilidad y al hecho de que su atención no está puesta en la agitación del pensamiento automático. Este sigue operando, pero es ignorado, la atención no se enfoca en él.

Usualmente, durante la meditación, la atención se enfoca en un pensamiento o una acción consciente: Puede ser la repetición de un mantra, observar la respiración u otra cosa. Pero la atención debe ser enfocada en algo porque, de lo contrario, vuelve al pensamiento automático. De hecho, se “resbala” frecuentemente durante la práctica.

Ahora bien, lo que le ocurre a estas personas, en mi opinión, es que experimentan cierta quietud comparativa y se dicen a sí mismas: “Lo estoy haciendo bien, no tengo pensamientos” y no se dan cuenta de que están pensando. Tienen la impresión de que no hay pensamientos, pero el que les dice esto es el mismo pensamiento. Hay que estar extraordinariamente atentos para no dejarnos engañar por estas sutilezas.

Hay que tener claro que es imposible detener el pensamiento a voluntad. El ego no puede aquietarse a sí mismo. Es algo que ocurre inesperadamente y que tiene implicaciones inimaginables.

Para darnos una idea de lo que este hecho implica, me voy a permitir citar las palabras del sabio hindú U.G. Krishnamurti (no confundir con el más conocido Jiddu Krishnamurti).

Dice lo siguiente: “Si el continuo e interminable proceso de pensamientos es detenido incluso una sola vez, aunque sea por una milésima de segundo, entonces los pensamientos no podrán, nunca más, enlazarse de nuevo. Este paro sacudirá, moverá y quemará cada nervio y célula sanguínea como una explosión atómica. Con esto el que piensa desaparece. A partir de allí todos los procesos del cuerpo funcionarán automáticamente, como una máquina. Solo ocurrirá que el “yo”, al que se le atribuía el control de la máquina, dejará de existir”.

Y, Maharaj añade: “Cuando uno está por completo maduro, la Realización es explosiva. Ocurre espontáneamente a la más leve señal. La Realidad es todo-penetrante, conquistadora de todo, intensa más allá de las palabras. Ningún cerebro común puede soportarla sin ser destrozado; de aquí la necesidad absoluta de la práctica”.

Esto nos indica que cualquier silencio aparente de la mente es una simple aproximación y, no el verdadero silencio del cual hablan los sabios. Para que ese silencio sea genuino, el Espíritu debe quedar totalmente libre de su identificación transitoria con un cuerpo/mente.

Fuente: http://maestroviejo.wordpress.com/2013/02/04/guia-espiritual-para-tiempos-desesperados-por-billquick-5/


Guía espiritual para tiempos desesperados por BillQuick

Capítulo 7     Apego

Cada ser viviente siente afinidad por aquellas cosas que le resultan familiares y agradables, que le dan una sensación de bienestar o seguridad. Esto es algo absolutamente comprensible y normal. La familia, el trabajo, la comida, la cultura, los amigos, están intrínsecamente ligados a nuestra propia identidad. Son factores que nos acompañan desde el momento del nacimiento hasta el día de la muerte, convirtiéndose, gradualmente, en parte integral de nosotros mismos. Prescindir de ellos resulta impensable, tan impensable como arrancarnos la propia piel.

El término “apego” designa aquello de lo que no queremos separarnos bajo ningún concepto, aquello a lo cual nos aferramos a toda costa, eso que estaríamos dispuestos a defender, en algunos casos, con la propia vida.

La mayoría de nosotros no hemos profundizado lo suficiente en este asunto. A menos que hayamos reflexionado mucho a raíz de una pérdida significativa,  lo más probable es que no nos hayamos hecho conscientes de la existencia, alcance y profundidad de nuestros apegos.

Nos apegamos a cualquier cosa, sin siquiera darnos cuenta de ello: Un punto de vista (yo creo que; estoy seguro de que…cualquier cosa), una canción, un programa de televisión, una persona (no puedo vivir sin ti), un deseo (ojalá que…), una mascota y, aunque nos parezca absurdo, a un temor o una preocupación. Cuando no podemos dejar de pensar en algo, cuando nos acostumbramos a quejarnos mentalmente o, a preocuparnos por múltiples causas, nos quedamos “pegados” en un surco repetitivo que tiende a perpetuarse de una manera perversa. Puede que el motivo de la preocupación cambie, pero el hecho de preocuparse se convierte en un hábito del cual no podemos zafarnos, lo cual no es sino otra forma de decir que se ha convertido en parte de nosotros, o sea, un  apego.

Y si no, basta con observar lo que sucede cuando un estímulo irrumpe en nuestro campo visual  o auditivo: en seguida nuestros sentidos, conjuntamente con el pensamiento, se abalanzan sobre él como un pulpo hambriento sobre su presa.

Si vemos una muchacha bonita en la calle u, oímos una conversación, nuestros tentáculos mentales  se adhieren a ellos con una tenacidad inusitada. Hasta el punto de que, si algo interrumpe la percepción del estímulo, nos sentimos molestos, como el pulpo cuando se le escapa la víctima y pensamos ¡Qué fastidio! ¿Por qué tiene que atravesarse justo ahora? ¿No podía esperar un minuto?

Cuando estamos escuchando música o, realizando cualquier actividad y, somos interrumpidos, nos molesta tener que dejar de lado lo que estábamos haciendo para prestar atención a la nueva situación.

Y, si respondemos con impaciencia e irritación ante estímulos casuales y sin importancia, ¿Cómo no lo haremos cuando nos deje la novia o nos roben el carro?

No hace falta entrar en detalles. El caso es que estas reacciones de frustración y rabia ante la pérdida, ocurren porque estamos a-pegados (adheridos a… x). Y, así como estamos a-pegados al carro, es inevitable que nos a-peguemos a nuestra reputación, a nuestros hijos, nuestros placeres, opiniones, vicios, prejuicios, etc. y, estemos dispuestos a defenderlos a capa y espada. El apego a nuestra forma de ver las cosas hace que consideremos como “equivocado” a todo el que las vea de distinta manera. Es una identificación enfermiza con todo lo que consideramos “nuestro”.

Aquí, sin embargo, no estamos tratando de establecer juicios de valor. No estamos discriminando entre apegos ´buenos´ y ´malos´.  Nos podemos apegar, tanto al éxito, al dinero, la fama, el poder; como a la música, el deporte, la preocupación,  el miedo, las drogas y, muchas cosas más.

Estar apegado significa también el miedo inconsciente a perder  lo que tenemos o, tener que renunciar a lo que quisiéramos tener.  El  apego a las cosas, a los sueños y, a la misma vida, nos hace permanecer a la defensiva, porque siempre cabe la posibilidad de que uno u otro nos sea arrebatado por una circunstancia imprevista. Y el que está a la defensiva no puede ser libre. Sus apegos se lo impiden. Está atado a ellos.

No queremos decir con esto que el afecto por la familia o, por una circunstancia o actividad particular, no resulte legítimo. Cada cual debe observar, lo más objetivamente posible, todos sus apegos y, determinar hasta qué punto le privan del tiempo y la energía que podría estar dedicando a su trabajo espiritual.

Por ejemplo: Si decimos que estamos interesados en la práctica espiritual, pero no disponemos del tiempo para ello, lo más probable es que nos estemos engañando a nosotros mismos. ¿Podemos asegurar, con la mano en el corazón, que no estamos dándole prioridad a la televisión, al pensamiento automático, a la divagación, a las actividades sociales , a escuchar la radio, leer el periódico, por encima de nuestro interés espiritual? ¿Que no disponemos en nuestra vida del menor resquicio para dedicárselo a lo más importante de todo?

Cuando realmente nos interesa hacer algo, buscamos la manera de hacerlo, así tengamos todo en contra. Eso implica fijar prioridades, lo que a su vez significa que debemos renunciar a ciertas cosas que consideramos menos importantes, aunque no nos guste. Precisamente eso es lo que nos cuesta. ¿Por qué? Pues simplemente porque nos hemos vuelto adictos a ciertos estímulos y patrones de pensamiento y no queremos dejar de repetirlos. Es más fácil fluir con la corriente que nadar en contra de ella.

Una forma de cazar monos es poniendo algo de comida en una botella amarrada a una estaca. El mono mete la mano dentro de la botella, coge la comida y, cierra el puño. Al cerrar el puño, no puede sacar el brazo de la botella y, como no quiere soltar la comida, llega el cazador y lo atrapa.

Así nos pasa a nosotros. Queremos el mundo espiritual, pero sin soltar el material. Somos tan adictos  a nuestras comodidades, opiniones, expectativas, deseos, temores etc., que no queremos renunciar a ellos por nada del mundo. Somos capaces de los malabarismos intelectuales más retorcidos con tal de justificar o legitimar nuestros apegos. Pero es inútil. El mundo espiritual no se alcanza sin poner en ello toda el alma, mente y corazón. Sólo un anhelo semejante es capaz de romper los formidables apegos que nos encadenan al mundo material.

Pero se equivoca el lector/a si asume que estamos hablando de una guerra sin cuartel para destruir el apego a cualquier precio. No se trata de violencia. Se trata de Amor y Comprensión. Si veo claramente que el apego me aleja de aquello que más quiero, dejo de interesarme en él de forma natural, no forzada. Puede que, aún así, me cueste desapegarme de mis patrones habituales de conducta y pensamiento; sin embargo, estaré dispuesto a ese sacrificio con tal de acercarme a mi objetivo prioritario. Es como caminar diez kilómetros para ir a ver a la novia. Es un sacrificio, pero vale la pena.

La buena noticia es que todos los apegos, absolutamente todos, tienen una raíz común: la sensación de ser o, conciencia de estar vivo. Solo un ser consciente puede sentir su separación de las cosas que lo rodean, y percibir su propia vulnerabilidad, vacuidad y, falta de plenitud. Cuando la persona se da cuenta de su propio vacío, trata de anexarse otros objetos (esposa, casa, títulos, pólizas de seguro, etc.), con la vana esperanza de arropar su desnudez emocional y obtener cierto sentido de seguridad o protección duradera. Y así nos vamos apegando a más y más cosas. En lugar de libertad obtenemos dependencia.

El apego a la vida o, instinto de supervivencia, es el padre de todos los apegos y, quizá, el más difícil de identificar  como tal. Es la base sobre la cual aparecen todos los demás: identidad personal, nombre, profesión, nacionalidad, religión, status, etc.; aunque no estemos acostumbrados a considerarlos como tales. ¿Quién no está apegado a su nombre, su identidad profesional, su cuerpo, etc.?

Por eso, la adicción más difícil de romper es la identificación con una forma y un nombre. Una vez roto ese apego, todos los demás se desvanecen. Somos Espíritu. La persona que creemos ser es sólo una asociación pasajera con la materia, un hábito, una costumbre, una mentira repetida mil veces, que hemos tomado por la realidad.

Fuente: http://maestroviejo.wordpress.com/2013/01/28/guia-espiritual-para-tiempos-desesperados-por-billquick-4/


Guía espiritual para tiempos desesperados por BillQuick

Capítulo 5   Conciencia sin Contenido

El hecho más básico, la verdad más fundamental,  que  ningún individuo puede negar, es que está vivo, que es consciente. Cualquier afirmación adicional es secundaria, porque está supeditada, necesariamente, a este hecho incontrovertible.

Para ser hombre o mujer, ingeniero o poeta, primero hay que tener conciencia de estar vivo. Y el mundo, en toda su variedad, surge en el mismo instante en que aparece la conciencia, la sensación de vida. Antes de que ella apareciese no existía nada. Es decir, ningún objeto, ninguna cosa perceptible, ningún perceptor. ¿Dónde estaba cada uno de nosotros antes de ser concebido? ¿Dónde estaba el mundo?  ¿Aparece la conciencia en el mundo o, el mundo en la conciencia?

Trate, estimado lector/a, de penetrar o, sentir profundamente  estas preguntas  antes de seguir adelante.

¿Dónde estábamos “nosotros” antes de ser concebidos?

Obviamente, en ninguna parte conocida. No existíamos. Al menos, no como identidades individuales ubicadas en el  espacio/tiempo. Pero – ¿Será que todo lo que finalmente hace su aparición en el mundo visible, esté ya potencialmente presente en lo invisible? Lo cierto es que debe existir una especie de campo energético sutil, una inteligencia creativa, con el potencial de generar formas físicas en el espacio/tiempo. De lo contrario, sería inconcebible que existiera algo tan complejo y dinámico como el universo.

No sé si el lector se ha perdido alguna vez buscando una dirección. Lo que suele ocurrir en estos casos, es que uno se ve obligado a volver al punto de partida para poder orientarse. De igual forma, para averiguar qué somos, cómo, cuándo y de dónde venimos,  es necesario retroceder hacia nuestros orígenes más remotos.

El curso  habitual que suele tomar esta investigación nos conduce, generalmente, a un callejón sin salida. Es decir, postulamos que nuestro origen es el encuentro de los fluidos corporales de nuestros padres y, como cada uno de nuestros padres es, a su vez, producto una  secuencia similar, caemos, inevitablemente, en un círculo vicioso: ¿Qué fue primero, el huevo, o la gallina?

Abordemos el asunto desde un ángulo distinto.

¿En qué momento surgió la sensación de estar vivo, de ser consciente, de ser sensible?

Seguramente, de una manera muy rudimentaria, en el momento de la concepción; ya que  el embrión tiene la capacidad de reaccionar ante estímulos irritantes, lo cual demuestra  que posee sensibilidad. Pero el hecho es que solemos asociar el principio de la vida con el momento del nacimiento. Ese instante es tremendamente significativo, porque somos expulsados de un entorno  extraordinariamente acogedor, como es el vientre de nuestra madre y, expuestos  a un medio ambiente hostil y extraño. Somos, como Adán y Eva, expulsados del paraíso.

Ese hecho señala, claramente, un antes y un después. El antes de la plenitud y la seguridad y, el después de la vulnerabilidad y la incertidumbre. Cruzamos una frontera, dejando como constancia de ello el primer  llanto; nuestra reacción inicial a la soledad de la vida.

Esa conciencia primigenia, que no posee ningún conocimiento todavía, tiene un potencial infinito para ser condicionada pero, por el momento, es virgen, está en estado de gracia. Su intelecto no está desarrollado, no tiene lenguaje ni pensamiento. Pero el bebé está vivo, reacciona, siente. Es consciente, pero su consciencia carece de contenido. Ese estado de gracia, esa desnuda sensación de ser, es el cimiento sobre el cual se edificará un edificio de conceptos e imágenes, una visión fragmentada de la Unidad, que terminaremos por llamar una “persona”.

Pero – ¿Cómo es esa sensación de ser?   Al ser condicionada ¿Pierde su inocencia para siempre?

Una conciencia sin contenido es una conciencia sin pensamientos. Pura presencia, pura percepción, pura inocencia. El bebé es extraordinariamente curioso, todo es nuevo y fascinante para él, de modo que se identifica  con lo que percibe, hasta el punto  de quedar “hipnotizado” por su entorno. En el vientre de su madre solo él existía, ahora, existen también “otros” seres, “otras” cosas. El quiere conocerlas, quiere tocarlo todo, moverse, explorar, experimentar. Se siente igual de atraído por una serpiente venenosa como por una botella. No tiene miedo, porque no tiene información almacenada en la memoria que le permita discriminar entre lo peligroso y lo inofensivo. No conoce límites. Está abierto a  cualquier cosa. Su conciencia es dichosa, fresca, relativamente libre. Aún no conoce la esclavitud del condicionamiento.

En el curso de su desarrollo, esa conciencia virgen es programada sistemáticamente por los “otros”, que no pararán nunca de llenarla de “contenido”: su nombre, profesión, estado civil, religión, cultura, etc.; de manera  que  la conciencia sin contenido olvida  su naturaleza  y, se toma a sí misma por la información que le ha sido impuesta.

Esta alienación de sí misma  genera una condición subyacente de insatisfacción e intranquilidad. La conciencia termina por perder su frescura, su inocencia y, sin darse cuenta, la vida se le vuelve monótona y sin sentido. Este malestar, eventualmente,  la lleva a cuestionar su existencia, examinarse a sí misma, e investigar las razones de su desdicha.

Esto lo hace poniendo en tela de juicio su condicionamiento: creencias, opiniones, costumbres, adicciones, apegos, fobias, miedos, placeres, etc., hasta descubrir que todo eso no es su verdadera identidad, sino una estructura sobre impuesta, una máscara, por la cual se toma equivocadamente. Cuando esa estructura es reconocida como falsa, queda la base sobre la cual se asentaba: la conciencia sin contenido o, sensación de ser. Ese es el único elemento que no puede ser negado: la  sensación de estar vivo. Esa es la base de todo el edificio. Y sigue estando allí, enterrada debajo de toda esa programación, esperando a que nos fijemos en ella.

El ciclo de vida del salmón ilustra, en cierto nivel, todo este proceso: Igual que nosotros, el salmón nace del intercambio sexual de dos individuos. A partir de ese momento fluye con  el río, descubriendo el mundo acuático al que pertenece, de la misma manera que nosotros exploramos el mundo terrestre que nos rodea. Eventualmente, su viaje lo lleva al mar, donde pasa parte de su vida. Una vez llegada su madurez, un impulso interno, una necesidad íntima, lo induce a dar marcha atrás en busca de sus orígenes, tal como nos sucede a los seres humanos cuando decidimos investigar el por qué de nuestra desdicha.

Finalmente, vuelve al torrente donde nació, pone sus huevos y, se desintegra en el mundo invisible del cual vino. Se des-materializa. A nosotros nos sucede algo parecido, pero nuestra analogía va más allá del ciclo reproductivo. Como los alquimistas, nos estamos refiriendo a una destilación interna que transmuta la inconsciencia en Conciencia, la ignorancia en Sabiduría, la materia en Espíritu y, no necesariamente al hecho biológico de la vejez y la muerte.

El punto de entrada a este territorio desconocido no es otro que la conciencia sin contenido, la desnuda sensación de ser.  Ubicarnos en la conciencia sin contenido, significa dejar de prestar atención al contenido de la conciencia y, hundirnos o, anclarnos, en la conciencia misma. Descubrir su sabor, re-conocerla, familiarizarnos con ella, compenetrarnos con ella hasta que, el día menos pensado, la puerta se abra y podamos cruzar al otro lado.

Cuando se atraviesa ese umbral, ya nada es igual. Se ha trascendido la ilusión de ser un individuo. Se ha visto la naturaleza fantasmagórica del mundo material y, lo que queda es Paz, Luz, Amor y Bienaventuranza sin límites.

Hemos entrado al Ámbito Sagrado de la Existencia.

Fuente: http://maestroviejo.wordpress.com/2013/01/21/guia-espiritual-para-tiempos-desesperados-por-billquick-3/


Guía espiritual para tiempos desesperados por BillQuick

El Ámbito de lo Sagrado

El Ámbito Sagrado de la Existencia no es otra cosa que un sentido de admiración, reverencia, asombro, arrobamiento, deleite, que brota en el corazón cuando se percibe la Presencia Divina. Una Felicidad burbujeante y siempre nueva que convierte todo, así sea feo o desagradable, en interesante y hermoso, significativo y auspicioso.

Es algo así como estar enamorado. ¿Se ha dado cuenta el lector/a de que, cuando nos enamoramos, los defectos del ser amado se disipan como por arte de magia?  No es que la persona se libere verdaderamente de sus defectos. Lo que en realidad ocurre es que nosotros entramos en tal estado de exaltación y deleite que dejamos de percibirlos como tales. No nos enfocamos en ellos sino que, más bien, parece que los trascendemos; percibimos algo en la persona que está más allá de sus defectos. Algo más profundo, más real, más esencial.

Cuando uno se enamora; se abre, se relaja. Aunque sea parcialmente, se despoja de la armadura de la auto-defensa y se vuelve más generoso, comprensivo, confiado y vulnerable. El foco de la atención se desplaza de los aspectos negativos a los positivos y el corazón se desborda, se expande  y,  se  llena de felicidad.

Pero este estado de felicidad no dura. Y no dura, en primer lugar, porque todo lo que ocurre en el tiempo tiene, necesariamente, fecha de caducidad, un lapso de vida limitado.  Pero hay otras razones: Si bien querer a alguien es un movimiento expansivo que nos lleva a considerar el bienestar del otro, es a la vez un movimiento de conquista que nos induce a apropiarnos de algo ajeno para anexarlo a nuestra individualidad.

Nos sentimos vacíos y, creemos que, si engrandecemos nuestra individualidad mediante la incorporación de “otros”, nos sentiremos mejor. Esto nos revela que lo que llamamos “amor” está teñido de posesividad  y  depende del logro de nuestros objetivos. Si todo va bien, somos “felices”, si no, somos “in-felices”.

La Felicidad real va mucho más lejos, porque no depende de los logros ni de las circunstancias, no es una adquisición y, no está sujeta al tiempo. La Felicidad real, o Ámbito Sagrado, es una frecuencia  infinitamente dichosa  siempre  disponible, obstruida innecesariamente por la convicción de ser un cuerpo/mente limitado en  tiempo y  espacio.

Esta convicción es como un prejuicio que nos impide amar a una persona o, como una nube que se interpone entre el sol y la tierra, impidiendo que los rayos del sol lleguen a su destino. Una vez que la nube desaparece, el sol no tiene obstáculo y, sus rayos llegan a todas partes. De la misma manera, cuando la identificación con el cuerpo/mente desaparece, ya no hay obstáculo que impida la fluidez y plenitud del Ámbito Sagrado de la Existencia.

Para descubrir el Ámbito Sagrado hay que desviar la mirada del mundo material y prestar atención, en primer lugar, a lo que hemos llamado el lado izquierdo del sendero; de la misma manera que el enamorado olvida los defectos de su amada para deleitarse en su compañía. El Ámbito Sagrado es descubrir  en uno mismo y, ver reflejada en los demás, esa chispa divina cuyo encanto es irresistible más allá de toda medida. Es enamorarse perdidamente de Dios; embriagarse con su presencia, ser capaz de detectarlo en todas las cosas, así vaya disfrazado de mendigo, de lluvia, de perro, de flores, de fealdad, de belleza, de muerte, no importa qué.

Hay unas estatuas de Buda que le muestran riendo a mandíbula batiente. Se supone que representan el momento de la Iluminación, cuando se da cuenta de que Dios no está en algún lugar distante, sino más cercano que el propio cuerpo. Que todo es Dios, que él mismo es Dios, que sólo existe Dios, escondiéndose detrás de millones de máscaras, jugando al escondite con cada uno de nosotros. Que la pesada carga de sufrimiento que creía llevar a sus espaldas ¡era ficticia!  Que el mundo no es más que maya, la ilusión del espacio/tiempo. La gran broma cósmica. Por eso ríe y ríe y ríe…

Nuestra atención está enfocada en el lado derecho del sendero. Estamos encerrados en nosotros mismos, a la defensiva, pendientes de los defectos de los demás, criticando, quejándonos, preocupándonos, buscando placer, huyendo del dolor, etc. Y por eso no sentimos a Dios. No tenemos tiempo para mirar del lado izquierdo.

El Ámbito Sagrado es Amor sin límites, Belleza Indescriptible, Maravilla Infinita. Está en nosotros y en cada manifestación, visible ó invisible. El Ámbito Sagrado vibra, canta dentro y fuera de cada uno; sin importar si uno es “bueno” o “malo”. No es algo lejano. Es inmediato. Está disponible aquí en este mismo instante.

El único requisito para descubrirlo es dejar de ser un obstáculo. Abandonar la falsa idea de ser una “persona”. Superar la adicción  a los estímulos del lado derecho y, enfocarnos, en primer lugar, en la tranquilidad del lado izquierdo del sendero. El lado izquierdo es como un río que recorre miles de kilómetros para finalmente desembocar en el océano. Y ese océano no es otra cosa que el Ámbito Sagrado de la Existencia.

Fuente: http://maestroviejo.wordpress.com/2013/01/14/guia-espiritual-para-tiempos-desesperados-por-billquick-2/